Ni la paz es de Santos ni la guerra de Uribe, infografía sobre la sociedad y el posconflicto.

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Mucho ruido se genera en Colombia alrededor del conflicto con las FARC, el escenario no es nuevo y más bien desde que el conflicto se desplazó al plano armado ha sido de valor político tanto para el mantenimiento del discurso guerrillero como para los políticos, que desde la legalidad articulan estrategias electorales alrededor de la guerra.

En su etapa actual el conflicto se encuentra en una situación excepcional, si bien en el pasado varias veces se logró sentarse a conversar con esta guerrilla para buscar una paz negociada, es el de hoy un dialogo con avances significativos que por fuerza del contexto parece no tener reversa (aunque si debe sortear aún varios obstáculos).

En ese escenario se han creado dos discursos predominantes, el apoyo al proceso de paz y el rechazo a los diálogos de La Habana. Ambos bandos ofrecen discursos, marchas, mensajes virales, debates académicos, diálogos con los gremios e interlocución con actores internacionales para argumentar y tratar de persuadir en favor de su visión particular del conflicto.

En esta infografía quisimos reflejar el producto de estos ejercicios de persuasión sobre la población, es decir salirnos de los hechos que narran Santos y Uribe y el espejismo que crean en las pantallas, e irnos a las cifras que con rigor científico han compilado en el documento Cultura política de la democracia en Colombia, 2015 Actitudes democráticas en zonas de consolidación territorial. Publicado por LAPOP y la Universidad de los Andes.

Si de entrada encontramos una cifra alentadora en cuanto a apoyar una salida negociada, con la cifra record de 77%, no tanto otras cifras que plantean un problema real a la recomposición del tejido social y la consecución de una paz positiva, como por ejemplo la baja disposición a que los hijos puedan ser amigos de desmovilizados con 67% lo que plantea una realidad triste, antidemocrática y contraria a la paz, así mismo la concepción de los desmovilizados como gente mayoritariamente peligrosa o perezosa.

En materia de participación política el panorama no es más alentador, como muestran las cifras el escenario para que las FARC dejen la guerra y se integren a la vida democrática cuenta con grandes obstáculos que superan lo que se pueda pactar con el gobierno, pues en el plano pragmático los años de guerra han derivado en un rechazo que de tajo señala que más del 60% de la población no está de acuerdo con la participación de excombatientes de las FARC en política y mucho menos su transformación en un partido político, en este sentido la única cifra alentadora es la de aceptación de un triunfo electoral de un excombatiente de las FARC que es mayor al rechazo que generaría por escasos cuatro puntos porcentuales.

Por último en materia judicial, puede ser alentador para el gobierno que la pena con mayor apoyo sea la alternativa de prisión por ocho años, pero a nivel de la paz si debemos prender las alarmas a la baja importancia que se da a temas que son más importantes para una paz verdadera, como la reparación a las víctimas que apenas pasa del 50% y la confesión de los delitos que se encuentra solo en 46%, inclusive alarma como se sigue considerando impunidad la ausencia de una condena a prisión, lo que limita la posibilidad de cumplir penas alternativas a través de las cuales podríamos combatir el rechazo a la participación política y podríamos fortalecer la recomposición del tejido social.

Así, es claro que si bien las marchas convocadas por el expresidente Uribe para rechazar los diálogos de paz fueron tremendamente impopulares y que el proceso impulsado por el presidente Santos tiene un alto apoyo popular, en realidad hay en la población actitudes mas cercanas al discurso del Centro Democrático que al del Frente Amplio por la Paz, una suerte de “paz si, pero no aquí”, es decir que se acaben las FARC pero que no se integren a la sociedad, lo que implica un reto enorme en materia de pedagogía de la paz y el perdón, que nos compromete a todos los que creemos que la solución a los conflictos no puede ser por la vía de las armas y debe partir del reconocimiento de todas las partes como elementos esenciales de una misma democracia.